lunes, 25 de enero de 2010

LA ANSIEDAD DE VERONICA VOSS


(continuación de la serie iniciada en EL PUNTO Z)


«A mí me gusta seducir hombres indefensos.»


El ángel azul (Norma, Fedora -que antes fue Lola-) orina sobre la ciudad y un tranvía (¿llamado refugio esta vez?) grita desde su interior, trémolo de frío, siempre a expensas de la amabilidad de un extraño.


«Me duele. Eso es todo.»


La mantis despojada en cuya alma anida la prole venenosa de la avispa que maneja a la mantis.


«Siempre hay que terminar lo que se ha empezado.»


Escorzos, pesquisas, tan wellesianos, por la ciudad acharolada en la que el tercer hombre (¿Mabuse? ¿Lime? ¿una doctora? –este film me reafirma en mi innata desconfianza a los divanes, sólo asumibles por la fuerza, como corredores sin retorno, nunca voluntariamente, signo de debilidad: si ha de hablarse con un doctor, nunca bajando la guardia sino de igual a igual, alimentando con sus ocurrencias nuestro análisis final paranoico/crítico-) acecha siempre. Siempre.


«No hay suficientes lágrimas ¿eh?»


Por supuesto que no. De ahí la ciudad siempre brillante de tristeza en su noche eterna. Y todo se acaba en cualquier fiesta.


«Ahora vas a quedarte sola.»


Expresión (¡tan UFA!) de resignada víctima de chupasangres. Campanadas anunciando la redención de Alemania que entra en el euroredil: los crímenes presentes se apagan consensuadamente ante el recuerdo congelado del horror hecho litúrgico paraguas. El ángel negro (de un negro blanco como la muerte) orina sobre todo un país hecho ciudad. Como le decía a Charlie no hace mucho, no me gusta el cine alemán de postguerra salvo cuando lo rehace Fassbinder en esos últimos 70, primeros 80, profeta/testigo (en su bendita crueldad) de la pesadilla postmoderna, con trabajos tan justificadamente ampulosos como éste.


lunes, 18 de enero de 2010

MOMENTOS QUE VUELVEN COMO FLORES SECAS

[escrito en plena digestión del libro de Rafael Sánchez Ferlosio INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUI]


Atípica ¿narración? Me la pasó Charlie justo cuando acababa mi relectura celiniana (de hecho, esa tarde él se llevó el VOYAGE... para empezar a sumergirse en el via crucis en que yo he vivido durante dos meses, un pie en una realidad ya bastante kippelizada y otro en el no menos acre negro sobre blanco –Charlie, con un entorno mucho más grato en derredor, podrá sumergirse en Destouches de manera más inocua, sin tanta crudeza, desde la distancia que siempre supone el batiscafo frente al frío glacial que cala los sufridos huesos de la pescadora de perlas-) y me trae a primer plano tantos momentos ligados (más o menos directamente) con mi muy primera infancia y sus deslindes entre campo y ciudad: como la vaquería de García de Paredes (mentada por Fernando Fernán-Gómez en sus memorias y que me lleva a ser consciente de mi larga cronología, con flecos de postguerra en el pompis) de la mano de la chacha Carmen (cuando anochecía, para recoger en jarra de hojalata la leche del desayuno); como el mercado de Olavide, también de la mano de Carmen, en busca de tebeos Bruguera a perra gorda el ejemplar (en compañía de esta misma fámula me vuelve también un domingo en Esquivias comiendo pajaritos fritos en sartén –crish, crish: determinadas canciones de las Vainicas me hacen revivir muchas de esas secuencias llenas de incipiente pasmo ante un mundo por descubrir-); como los ratos acompañando a la bisabuela Manuela y a la tía Pepa (las ancianas que se ocuparon de mis tres primeros años) mientras trasteaban en la cocina de carbón o, a la noche, cenando cardo guisado y pescadilla rabiosa en la mesa camilla bajo cuyas faldas latía el brasero; como mis andanzas con mi tío Antonio por el Parque del Oeste, la Casa de Fieras (la última visita por sus contornos fue finalizando la pasada primavera, cuando firmé ejemplares de EL ETERNO FEMENINO y la Feria del Libro todavía olía, tras décadas sin zoológico, a elefante, a león y a hiena), el Museo de Ciencias Naturales (aquí la nostalgia fue lacerante, por las referencias que hace el autor a la taxidermia) o la Dehesa de la Villa (lugar éste al que volvería milenios después con Casilda para solaz de Troy), sin olvidar esos descensos a sordideces del extrarradio (entonces, mucho más próximo y agreste, sin cinturones de autopistas ni adosados, que años más tarde recobraría en escenas de Baroja, Ramón, Solana, Azcona o Neville); como La Rociá, el chalet marbellí de mi tía Carmela (dando de comer a los gatos, explorando el bosque de eucaliptos, asombrándome ante el tamaño de los calabacines del huerto, examinando los helechos y buganvillas del porche, jugando con la excavadora Clim junto a la puerta de la cocina al acabar la merienda...); como esas tardes mustias de primera juventud viendo OFICIOS PARA EL RECUERDO y/o releyendo a Azorín (actividades prácticamente sinónimas); como la punzada de emoción que aún siento de pronto ante tal o cual secuencia de ciertas películas (EL ESPIRITU DE LA COLMENA, LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS...); como el embobamiento frente a determinados cuadros de realistas españoles (sobre todo, de Isabel Quintanilla); como el recuerdo doloroso de Aida Pandiello, mi groupie con alma bröntiana del 83, a quien suicidaron las mil voces de sus pasiones, que no le cabían en el cuerpo (y eso que era un cuerpo grande, de pantera rojiza y moteada, con trasunto de prao húmedo a la amanecida); como trances vividos mano sobre mano con Casilda en mis reencuentros tardíos con lo rural y aldeano (en Altea escalando el pueblo viejo tras un rato en la tienda de aromaterapia y objetos balineses, o por el caminito escarpado que une Les Basetes con Calpe, o sorteando zurullones de vaca por tal o cual bosquecito de la sierra del Lozoya, o triscando por montañas nevadas de Huesca y Lérida -reviviendo el asombro de aquellas primeras nieves que contemplé con mi tío a los tres años por plaza de España, casi desembocando en lo que más tarde sería el asentadero del templo de Debod-, o deambulando por Lisboa o por Oporto...); como la lectura de cierto libro en el porche de los Hutchinsons (cuarenta años antes había leído otro libro en otro porche, también en plena canícula); o como el fin de semana del pasado agosto que pasé con Jaime y Mariluz en su entrañablemente desquiciado rancho abulense (ideal para un remake del Saura más morboso –PIPPERMINT FRAPPE, ANA Y LOS LOBOS, MAMA CUMPLE 100 AÑOS o ¡cómo no! LA CAZA- pero también con un punto de la finca de ARREBATO donde Eusebio Poncela conoce a Will More –Jaime, con su frenesí videografiador, no pudo por menos que traérmelo a las mientes-)...

Momentos, en su mayoría, que vuelven como flores secas, como viejas fotos de álbum hallado en un desván. Momentos que no se pueden rehidratar como ñoras o setas chinas o tomates italianos porque la vida no es un guiso y, todo lo más, adquirirían la mendaz tersura espectral de los hologramas (porque lo que fue, fue, pero ya no es). Para el chaval protagonista que pierde su nombre al final de la peripecia y para el mismo Sánchez Ferlosio (según da a entender la muy prolija introducción) el libro es también, a estas alturas, flor seca que evoca lo que no ha de volver (aunque reposa en nosotros más allá del Alzheimer, en la memoria más profunda, primaria, quasi fetal, y que tal vez vuelva a desplegarse cuando, ya bien entrados los años postreros, cerremos el círculo de la vida). ALFANHUI, como las canciones de Carmen y Gloria, es patrimonio sustantivo de quienes hemos pasado de la infancia a la vejez sin dar un solo paso por esa senda pútrida y corrupia que se considera obligada y que se ha convenido en llamar madurez. La gente madura es ciega para un libro como éste, como lo es para sentirse conmovida por ¿una flor aplastada entre unas páginas? ¿una foto patinosa? ¿un porche de bungalow abandonado a medio cubrir por la hiedra? ¿la sonrisa triste de un hada/bruja sin edad entrevista un instante tras aquel ventanuco a la última caída de la tarde? Completamente ciegos.


Pues eso que se pierden.




ilustración: ISABEL QUINTANILLA

lunes, 11 de enero de 2010

PREMIOS

(escrito en plena digestión de las celinianas "CONVERSACIONES CON EL PROFESOR Y" –tercera relectura-)


Siempre me he preguntado la razón de que gente con alguna obra notable, fresca, plena de indiosincrasia, cuando se presentan a ciertos premios y los ganan o quedan finalistas, nos ¿regalan? con un material adocenado, previsible, absolutamente falto de personalidad, intercambiable con otros ladrillos ganadores no menos carentes de magia, como si, bajo la firma del autor, fuese un comité de monos cableados por ordenador (cuya terminal desembocase en el departamento de mercadotecnia de la editorial que promueve los premios) quienes realmente escribiesen aquello que unas veces firma Mengano y otras Zutana.


Yo sería incapaz de vincularme a la expectativa de ganar un premio siguiendo tal dinámica simiesca. De hecho, cuando me he presentado a algún certamen, lo he hecho siempre con material profunda, casi intransferiblemente mío, rayando en el autismo.


La primera vez ocurrió en el 75, poco antes de abandonar los estudios y de zambullirme en la vorágine de la contracultura. Era una edición del HUCHA DE ORO, concurso de cuentos promovido por las Cajas de Ahorro. Presenté, bajo el título "LAS FACETAS DEL DIAMANTE/LOS ANILLOS DE LA LOMBRIZ", una serie de lo que hoy llamo HAIKUentos. Como ni siquiera quedé finalista aquel material acabaría goteando desde entonces a hoy en revistas más o menos underground, desde aquella "MMM...!!!" del 76/77 o los "CUADERNOS PROMETEO" de comienzos de los 80 hasta el último nº de "EL DODO", pasando por alguna entrega del suplemento de humor del "ABC" allá por el 84/85.


En el 76 me presenté a un concurso de chistes políticos de "GUIA DEL OCIO" y (única vez y sin servir de precedente) ¡¡¡lo gané!!! El premio consistía en publicar una tira fija, pagada, por tiempo indefinido. Muy influido en el grafismo por Juan Carlos Eguillor y en la historia por la ebullición política del momento y por mis incipientes obsesiones de sagas familiares aristocráticas regidas por hembras entre mutantes y anómalas (obsesiones que años más tarde serían mimbres para novelas como "FE JONES" o "LA CANCION DEL AMOR" y que esta primera vez generaron la saga de las Balboa –dos hermanas, Wanda y Almudena, inspiradas en mi doble pasión por la Victoria Abril de la época y por una compañera de Artes y Oficios tirando a megapija con un aire a la esposa del cardiólogo Barnard-), todo ello dio pie a "TALAMI", extraño híbrido entre lo que no mucho después desarrollaría en mi folletín marginal "EL NACIMIENTO DE LA ESCUELA DRAGO" (delirio de política/ficción con veleidades filosófico/eróticas, légamo primordial de las ya mentadas "FE JONES" y "LA CANCION DEL AMOR") y morcillas políticas del momento (que, desde la distancia que dan el tiempo y la mejora de estilo, hoy compararía con esas películas de Mariano Ozores y/o José Ramón Larraz en las que se encajaban sin venir mucho a cuento puyas astracanescas sobre hitos biodegradables de la Transición). A la quinta entrega alguna de tales morcillas debió de molestar al muy progre comité de redacción, porque me dieron la boleta sin explicación alguna. De cualquier modo, me fui contento con mis tres mil pesetas semanales por tira (lo primero que ganaba con mis energías creativas y delirantes).


En el 78 Carlos Berlanga me animó a presentarme a la 1ª edición de LA SONRISA VERTICAL que organizaba su padre y, en un pispás, terminé "EL FALLO A LA GINETA", trío de cuentos (la fantasía épica "LAS EFEBAS POTOTEAS SE ENFRENTAN A LAS FEROCES INSTITUTRICES LESBIANAS DE MELBOURNE" –explosiva mezcla de "PINK FLAMINGOS", "LA MATANZA DE TEXAS" y "TRES MUJERES", más ecos australianos en el paisaje de "RAZORBACK", serie b sobre un jabalí asesino, y con un título basado en los cómix de moteros de Spain Rodríguez que a la sazón publicaba la revista "STAR": acabaría en manos de Fernando P. Fuenteamor para su fanzine "ZIKKURATH"-, el relato pedé "YO CANGURO" –inédito sin remisión, pues lo debí de extraviar en alguna mudanza, y en el que evocaba al efebo que no mucho después me inspiraría el "PARA TI"- y "TALAMI" –que aparecería en mi primer libro publicado, "TODOS LOS CHICOS Y CHICAS: HISTORIAS DE LA NUEVA OLA", y donde hacía mis primeros pinitos como caníbal amoroso ya desde el título, juego palabrero entre tálamo y salami: aquí se puede disfrutar de la versión revisada que apareció en el 97-) que (según me dijo Carlos) gustaron mucho a don Luis (por considerarlas de lo poco original presentado al concurso –esto es, sin madera de plagio sadiano o de "LAS AMISTADES PELIGROSAS"-) pero irritaron profundamente a Juan Marsé, quien desde entonces sería mi Némesis en ese certamen, al cual me presentaría en dos ocasiones más (en la 3ª edición, con "LOS ESCRUPULOS DE MR HYDE", un tórrido delirio erótico/onírico/caníbal -¿mi propio y peculiar laberinto de pasiones?- a mayor gloria de Carlos, de Eduardo Benavente y de una Alaska entreverada con Eva Ionesco –y con algo también de la Bilbao de Bigas Luna por sus aplicaciones como mueble colgante-: aquí tal vez la torridez se anteponía a la calidad, porque en el 84, cuando lo leyó Eduardo Haro Ibars cara a una posible edición en Libertarias, me desaconsejó enseñárselo a Antonio Huerga con estas palabras: «como novela, deficiente, y como carta de amor, encantadora aunque un poco larga»-; finalmente, en el 90 me presenté con una primera versión de LA CANCION DEL AMOR, obra de la que me sigo sintiendo bastante orgulloso tanto en el fondo como en la forma –de hecho, la considero lo mejor de mi narrativa-, aunque, por supuesto, no se comiese un rosco a ojos del jurado).


En el 84 un capítulo de mi por entonces inédita MARY ANN (aparecida en el 85 en Libertarias y hoy reeditada íntegra en la antología EL ETERNO FEMENINO) quedó segundo en un concurso de cuentos de LA LUNA DE MADRID. Es curioso: no recuerdo haberme presentado al concurso como tampoco recuerdo en qué consistió el premio, si es que lo hubo.


A fines de los 80 presenté un poemario a un oscurísimo concurso que, al parecer, gané. El premio: la edición de la obra. La letra pequeña, que te decían tras ganar: la edición costeada por el autor. Obviamente, decliné la generosa oferta (acababa de perder por entonces un millón de pesetas con las tribulaciones de mi grupo PROYECTO BRONWYN).

Después, lo dicho, el tercer cateo en la edición de LA SONRISA VERTICAL fallada en el 91.

Finalmente, en el 99, la selección de un trabajo hecho a Photoshop y Pagemaker (su título "¡MENUDA GILIPOLLEZ!" –primeros intentos de prionización lefthanded-) en el III concurso de Cómics No Sexistas de Donostia. Lo recogieron (junto con el ganador, el áccesit y otros ocho más) en un cuadernillo primorosamente editado. Algún día, si me da la ventolera, lo escaneo y lo cuelgo por la web shadowliner.


Fue la última vez que me presenté a algo con expectativas de premio.


No sé, leyendo las diatribas del antiGoncourt Destouches frente al coronel de muelle flojo, me ha apetecido este viajecito (de pompas explotadas y vanidades frustradas) por mi castillo de la memoria.



viernes, 1 de enero de 2010

CELINE O LA OTRA TOURNEE DE DIOS




[escrito tras la relectura de la trilogía DE UN CASTILLO A OTRO-NORTE-RIGODON y bajo el impacto de ciertas noticias de actualidad como la concesión del Nobel a Obama (¿por incrementar la guerra en Afganistan?) o la desaparición de Iván Zulueta (tan esperada por los carroñeros del homenaje póstumo que en vida no te dan ni un vaso de agua -esa paradoja tan celiniana: oh, Achille, Achille...-)]
La mirada celiniana cala hasta el fondo de ese pozo de mierda que es la condición humana. Dios Padre baja a la tierra para comprender mejor a aquellos que, tras entusiasmarse, crucificaron a Su hijo. Esa secuencia tan pluscuamceliniana que él vivió a propósito del VOYAGE...: primero el entusiasmo, el ditirambo, la adoración, la pesadez incluso en los alardes de empatía... Cristo in, superestelar; después, al microsegundo siguiente, la concentración se pierde, la atención se dedica a otra cosa, se exige a Cristo más y más y más trucos pero Cristo no es un mago de feria, es un Misterio, y la chusma no está para misterios, y comienza a variar el gesto... primero tedio, abulia, desafección (la sonrisa seductora, coquetona, deshinibida, mermaidladiesca, incluso un poquitín mamada, de los comienzos, esa sonrisa hambrienta de Nazarines, pasan los días y se va congelando en crispación cortés, en jeta quitinosa de saltamontes, en esfinge alienígena examinando al abducido de turno con expresión impenetrable), y luego, finalmente, irritación porque Cristo sigue ahí, poniendo en evidencia el capricho, la frivolidad, la superficialidad de esas empatías de ocasión, pura bisutería, empatías inasequibles al compromiso con el Misterio, con la patata caliente a Quien se ha de seguir precisamente porque su viaje, el más difícil, nos lleva hasta el final de Lo Negro, sin happy end, y Cristo entonces molesta, satura como un espejo de cuento en el que nadie se quiere ver (porque nunca son agradables los retratos de Dorian Gray)... Cristo entonces out, Cristo superestrellado. Embuchándole los pecados de todos, con embudo, a la fuerza, carne ya no de cañón, de paté. Sí, puro canard, porque, una vez finiquitado, recupera la exquisitez, su condición de delikatessen. Pero antes, que reviente. Que no disfrute de la vida (todo lo más, sucedáneos, incompleteces). Que no llegue a habitar en los castillos de cartón que él solito se construyó (otros, otras, entrarán a saco y los abordarán, con furia corsaria, sin siquiera un pretexto, sin explicaciones, desfigurándolos con los poderes que les da su bula de pesebristas del zeitgeist –un zeitgeist cortoplacista, insostenible en su inconsistencia pero helo ahí, en ese instante, válido, a huevo para los daltónicos de futuros-, ... a joderse el anacrónico, el outsider que los concibió-).

Céline es la mirada del Padre, jugando (como esos millonarios excéntricos que se disfrazan de clochards) a imitar los pasos del Hijo. Pero el Padre no es Amor osiríaco, dionisíaco, crístico, listo una y mil veces para el despiece: el Padre es Naturaleza y la Naturaleza es rigor higienista, esto es, catástrofe, amiga de borrar una y otra vez los callejones sin salida, los errores, los renglones irremisiblemente torcidos, la arbitrariedad impune, la gilipollez injusta con ínfulas de aporía interminable... toda la basura eliminada periódicamente a golpe de diluvio, de llamas, de peste, de muerte. Céline es un monstruo en tanto que imagen de Dios Padre, de Quien tiene la Ultima Palabra. Un monstruo, sí. Como todos los profetas.

Por eso su mirada es tan definitiva, la radiografía de una especie miserable, ralea sólo redimida en el miedo, esto es, en la conciencia de la gravedad del existir, cuando realmente podemos profundizar en la humildad, la empatía (la genuina, la que viene de K-PAX, esto es, de ese pájaro azul que se posó en nuestro balcón), la delicadeza, la incapacidad para herir gratuitamente a quien se nos acerca de buena fe... Céline: la mirada que describe y nos grita una y otra vez cuán desnudo va el rey, cuán insoportable es el hedor de su buena conciencia. Céline, sólo asumible desde el sufrimiento, sólo legible cuando respiramos por la herida..