lunes, 17 de mayo de 2010

PAISAJES ESCRITOS POR PLA

(continuación de la serie iniciada en EL PUNTO Z)


Acabo de quedar seducido por Pla a través de una recopilación que me pasó Charlie, SENTENCIAS E IMPRESIONES. En algunos momentos, cuando toca temas de paisaje, me produce una sensación muy grata, similar a la que me regaló la lectura de ALFANHUI. Por otra parte, hay sentencias que hago mías y que me parecen de tanto fuste como las acuñadas por un Jünger.

Espigando, he elegido ésta, en donde el amor por la naturaleza y ese aire (impremeditado, supongo, aunque desconozco sus filias) con EJ, aire cargado de enigmática lucidez, se muestran poderosamente:

«El sentimiento de que entre Dios y la naturaleza existe un problema de proporciones siempre a punto de romperse, pero que nunca llega a romperse totalmente, explica por una parte su humildad y por otra su soberbia»

Husmeando por la red, me he topado, como era de esperar, con dos deliciosas entradas de Magdalena (CAFE PARA CUATRO y BELLE DE JOUR), cuyas imágenes se adecúan como mullidas babuchas a la prosa del dandy camuflado de gañán (o sea, el colmo del dandismo, para quien guste ir al fondo de las cosas, más declassé que parvenu -volviendo a EJ, refugiado en su casita del bosque, lejos de falaces bullicios, cada vez más abocado a parir a Martin Venator ¿cómo no asociarlo con el gerundense?-).

Y, de guinda, para persistir en mi querencia por el catalán (querencia que ningún despropósito de los últimos lustros proveniente de la ralea política hará mermar) mamada de la luminosa teta de la diosa Mª del Mar Bonet, de las alucinaciones de Ia y Batiste y de Jaume Sisa o de la hirsuta socarronería de Ovidi Montllor, acabo de descubrir este no menos delicioso blog dedicado a recuperar fragmentos del QUADERN GRIS, que apresuro a recomendar y del cual me declaro desde ya seguidor. Entre las categorías que más he disfrutado, clima y meteorología, paisajes y (¡cómo no!) las cosas del comer.


sábado, 1 de mayo de 2010

ELI


Eli está enferma. Su enfermedad convirtió la muerte en aporía, rescatándola de la consunción irreversible y haciendo del Tiempo algo tan ajeno a la anécdota como pueden serlo los colores para un ciego de nacimiento (quien, por supuesto, ve colores pero desde la inmanencia, imposibles de ser compartidos con los presuntos videntes –ciegos para todo aquello que los árboles ocultan-).

La baticámara de Inma, zahorí de visiones prodigiosas que ella misma no acaba en ocasiones de controlar con su vara de avellano reencarnada en añeja Minolta, detectó a Eli en la casa abandonada y su aura anómala envolvió la placita en otro tiempo rutilante y primaveral, ahora yerma y gris.

Eli gusta de emborracharse con algo espeso y oscuro que parece vino y que tal vez no lo sea. Cuando se embriaga, rosetas de rubor cubren sus mejillas y su palidez (siempre ensuciada por el contacto con la realidad –esa realidad tan lerda a la hora de encararse con alguien como Eli-) adquiere promesas de nácar.

Eli no tiene partes pudendas (o, por mejor decir, toda ella es una parte pudenda –parafraseando aquel slogan publicitario-). Entre las piernas guarda un bouquet de lilas secas a la espera (como las ñoras, los tomates italianos o esas setas que venden los chinos) del sustancioso caldo de empatía que las rehidrate.

Eli me obsesiona desde que me saltó al cuello desde la pantalla una tarde tonta, hará cosa de un año. En su irreal persona hay mucho de luna hiena, de animal nictálope, de futuro salvaje enterrador de lo humano, de deja vu de tantas otras obsesiones mías, como un híbrido moebiano de Ligeia y la Nastassia Kinsky de EL BESO DE LA PANTERA.