jueves, 26 de marzo de 2009

EL ETERNO FEMENINO: EL LIBRO


«Lo extraordinario de estos textos es que, una vez que el lector se adentra en ellos, va descubriendo diferentes ramificaciones argumentales que deparan otros nombres, ecos de otras pistas listas para ser seguidas, guiños hacia un universo tan vasto como lúcido, resonancias de hermanamientos a priori insólitos ante los que Fernando siempre encuentra un punto en común, un pasadizo comunicante. Eso hace de estas lecturas un mosaico de erudiciones, fascinaciones, entusiasmos... un crisol renovado sobre el que volver y no cansarse.» (ESTHER PEÑAS)



ilustración: THE LEFT HAND

Ediciones EL COBRE acaba de sacar en su colección ABYECTOS esta antología temática de casi treinta años de escritura zurda. ¿El detonante?: la novela MARY ANN (publicada originalmente por Ed. Libertarias en 1985) y el impacto que causó en Esther Peñas (prologuista de esta antología y partícipe en su momento del complot shadowliner), quien lleva desde hace más de un lustro peleando por su reedición. Finalmente, gracias a la sintonía con Luis Cayo Pérez Bueno (director de la citada colección), su obsesión ha sido recompensada con algunas creces, como el bonus text epilogal del amigo Dildo (otro fanático –junto con Charlie M- de Mary Ann) y una marginalia (la antología propiamente dicha) que, siguiendo la línea temática marcada por la novela, recoge un poco de todo (canciones, poesías, fragmentos de narrativa, artículos de prensa, textos para radio... algunas de ellas verdaderas rarities por su escasa difusión, como las poesías o los fragmentos de la segunda versión de TODOS LOS CHICOS Y CHICAS).

Resulta estimulante que se haya contado conmigo como primer autor español y vivo que sumar a una colección dedicada hasta el momento a mimbres tan sólidos como Leon Bloy, Mary Shelley, Rudyard Kipling, John Donne o G.K. Chesterton. También me reconforta el poder ver en un mismo volumen muestras de tanto quehacer publicado, espigadas de entre casi cien canciones, siete libros, y un millar de colaboraciones en prensa y radio (tanto alternativa –radios libres, fanzines- como establecida). Supongo que será un notable descubrimiento para los que siguen refiriéndose a mí como el tío ese del PARA TI.

foto: CASILDA D. MENTE

«Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Mary Ann. Largos años han transcurrido desde entonces y mi memoria no consigue rescatar más que fragmentos aislados de un rompecabezas imposible. Mi mente se niega a proyectar una imagen completa de Mary Ann, un recuerdo fuerte y nítido al que recurrir en las noches más negras, y sólo gotea trozos de un retrato borroso y mutilado que va menguando sin prisa ni pausa.» (DILDO DE CONGOST)

lunes, 23 de marzo de 2009

DIANA ALLER, REINA DE LA JUNGLA




«Buenos días "Señorita qué rara soy";
¿Qué máscara has decidido ponerte hoy?»(ILEGALES)

Hace unas noches soñé con Diana Aller. Alguien a quien sólo he visto una vez en mi vida, allá por el 99, cuando METEOSAT actuaron en el Festimad. No sé por qué, cuando me la presentaron, sentí el impulso de endilgarle una larga parrafada sobre nacional/bolchevismo. Como preso de algún sádico frenesí daliniano, a medida que ella iba acentuando su cara de horror (más -pienso- por lo tostón que le estaba resultando mi perorata que por lo que ésta tuviese -a sus ojos políticamente correctos- de crimen contra la Humanidad) yo me sentía más motivado para seguir explayándome sobre el tema. Después de aquello, jamás hemos coincidido y dudo que lo hagamos en el futuro (sospecho no ser santo de su devoción). En los últimos tiempos, a cuenta de su página en My Space y de ese blog donde ella lo dice, había hablado ocasionalmente sobre Diana con Charlie y Luigi (fans incondicionales de espacio y blog allerianos, respectivamente): de ahí tal vez el estímulo para el sueño.

Estaba metida en una jaula de bambú, en plena jungla, indolente y nerviosa a un tiempo, como un mamífero primitivo (redondeados contornos, aguzado perfil, entre sedoso coati mundi e hirsuto diablo de Tasmania) todavía indiferenciado en su dieta pero a punto de ampliarla a nuevas predaciones. Prisionera de una guerrilla con algo de simbiótico y algo de jemer, muy corazonesca. El Kurtz de turno esperaba que llegase Martin Sheen a practicarle el descabello y deseaba entregar el testigo de su liderazgo a la prisionera. Había detectado en ella un punto de decisión obsesiva, de alguien que antepone a toda otra consideración el salirse con la suya (dispuesta a cualquier cosa no importa el precio: Kurtz -que en mi sueño se parecía más a Mitchum que a Brando- recordó con un leve escalofrío a la Candy Clark arma en mano, a punto del ataquito con espumarajos, en aquella versión setentera de EL SUEÑO ETERNO, o cuando, años antes, tuvo que lidiar con otra que tal: cabecitas pijas con un punto insondablemente dislocado -a los ojos de los domadores- que las redime de su probable y tediosa inanidad). Kurtz la había torturado, tentado, drogado, hecho mil y una luz de gas buscando sacar su lado más atávico, con la esperanza de que aflorase la Patty Hearst que pudiera latir en su mirada sin fondo, preñada de oscuras promesas de ferocidad si el mundo no daba su brazo a torcer ante sus caprichos. Yo, trasunto bufo (Gaudencio Candil strikes again!!!) de Dennis Hopper en APOCALYPSE NOW, le llevaba la parca ración de alimentos, le hacía fotos con mi cámara de juguete y le soltaba inacabables discursos apologéticos sobre Kurtz mientras ella me lanzaba escupitajos con la mirada como lo hizo en el Festimad cuando la envolví en mi dialéctica placenta n/b.

Diana, a todo esto, en su fuero interno había intentado resistir recitando diversos mantras ("buff, qué pesadilla, mañana me reiré recordándolo en el blog" o "si salgo de ésta, me dan el Príncipe de Asturias, seguro: jo cómo voy a molar, como la Betancourt mismamente" o -ya calentándose, y confirmando las intuiciones de Kurtz- "tengo que salir de esta jaula y hacerme un foulard con las tripas de ese puto calvo y, con ellas, ahorcar luego al brasas del fotógrafo").

Kurtz había ordenado a sus hordas que la sacasen de la jaula y la coronasen reina de las tinieblas nada más apareciese Sheen fuera del Recinto Prohibido, en plan Perseo, con su cabeza calva en una mano y el yatagan chorreando sangre en la otra. Entonces, dejarían marchar al joven ejecutor y Diana, ebria de poder y de adhesiones inquebrantables, los dirigiría al caos más absoluto (que, como todo el mundo pretende no saber, es sinónimo impepinable del más absoluto orden).

Pero, mira por dónde, en vez de Sheen, apareció (en una barquita a pedales con forma de cisne -sí, como las del Retiro-) un indie pequeñito pelopaje, con expresión de acojonado desconcierto, como diciéndose "¿qué corchos y retruécanos hago yo en este sueño?" (un sueño que, a estas alturas, ya no queda claro si lo soñaba El Zurdo para luego comentarlo en su blog, o lo soñaba Diana Aller para después decirlo en su blog o lo soñaba Kurtz para más tarde tatuárselo como fragmento de diario en su antebrazo izquierdo).

En vez de Jim Morrison anunciando El Fin, se oía a Camilo Sesto con su demencial hit MOLA MAZO.

La expresión entre esperanzada y decepcionada de Diana (las perspectivas de ser reina absolutísima en el corazón de las tinieblas habían empezado a hacerle cosquillas en su lado más oscuro) se solapaba con la cara de cabreo de Kurtz (que, en vez de decir aquello tan propio de "el horror, el horror", se limitó a ulular de frustración como en la escena del pantano en LA NOCHE DEL CAZADOR). Yo lo plasmaba todo en instantáneas con mi cámara de juguete.

Cuando el diminuto indie abandonó su pasmo, fue aproximándose dubitativo hacia la jaula de bambú, y por un momento pareció que las expresiones de Diana y Kurtz se hacían una y miraban con profunda hostilidad al recién llegado. Los dos abrieron la boca con un rictus lecteriano y no llegué a oír sus palabras porque, justo entonces, los altavoces de "el tapicero, señora, en su propio domicilio" me sacaron de la jungla.




ilustración: THE LEFT HAND

lunes, 16 de marzo de 2009

RICCI


(continuación de la serie iniciada en EL PUNTO Z)


IN MEMORIAM

A la cerdita vampiro, esa criatura suculenta con cara de luna, extraña fruta nocturnal como surgida de una coyunda bastarda entre Edward Gorey y Oscar Mayer (¿quién no se conmueve al recordarla posando para Pecker con esa mezcla inefable de hosquedad y coquetería?). Maldigo a sus asesinas, las tontunas anoréxicas y Donatella Versace.










ilustraciones: THE LEFT HAND

sábado, 7 de marzo de 2009

CARRERIANA (SUITE)


(escrita en plena cabalgadura por las páginas de Emilio Carrere, que ha ido recuperando Valdemar desde hace una década, y que el amigo Dildo me pasó sin saber el impacto, en cuanto a avalancha de evocaciones, que estas novelas y cuentos me iban a dejar)



Mi abuelo Joaquín y mi tío Antonio, desde sus respectivas antítesis sociales, me descubrieron en la infancia mucho del Madrid carreriano:
el primero, señorito malagueño a medio desclasar (con resabios de bohemio y de truhán –el Arturo Fernández de la película de Miguel Hermoso lo clava no poco en sus ardides para ganarse la vida, al mermar el capital terrateniente que en su momento hizo a los Chinchilla dueños de una Marbella rústica y pescadora, previa al boom turístico iniciado con los Hohenlohe-), gran degustador en sus mocedades de narrativa psicalíptica (Zamacois, Trigo, Retana, Insúa y, por supuesto, Carrere –esa manía que tuvo en sus primeros años de casado de disponerse a morir todas las tardes sobre las siete, colocándose el sudario, llamando al cura y no sé cuántos ritos más, hasta que mi abuela, versión wrestling de Bernarda Alba, le curó el angst a base de palizones, esa manía, digo, tuvo que inspirársela por fuerza cierta historia gótica de Carrere-), mañariano (veo colgado frente a su adoselada cama un cuadro enorme donde se hizo representar con trazas de anacoreta, que él llamaba SAN JOAQUIN, y que parecía suponer como un talismán, variante penibética y neovelazqueña del retrato de Dorian Gray –“Fernandito, gracias a este cuadro, por muchos pecados que tenga, al final iré al cielo: cuando seas mayor, dí que te hagan uno igual”-, aunque al final el cielo se lo ganó a buen pulso ejerciendo durante casi tres lustros como sufrido y no muy eficaz whisperer de mi psicótica madre, quien acabaría por llevarlo a la tumba en el 72 por agotamiento y una flebitis galopante tras tragarse los menguantes dineros ganados a golpe de azaroso timón, dineros que se fueron mayormente en neurolépticos y en eventuales y poco fructuosas estancias en casas de salud), neurasténico (hipocondríaco, con un punto a lo Howard Hughes, refractario al tabaco y al alcohol, siempre con su maletín repleto de medicinas, que se autoadministraba y prodigaba a los demás con la misma alegría que los caramelos de miel y los toffees que tanto le gustaban), coqueto (de recortado bigote a lo Sáenz de Heredia, practicante cotidiano de gimnasia sueca –lo conocí ya sesentón pero, al revisar fotos juveniles, compruebo que se daba un aire bastante acusado en sus facciones al Arturo Cañas de CAMERA CAFE: otro, por cierto, andaluz y muy orgulloso de su linaje-, amigo de lucirse en las playas visadas por la censura con reducidísimos slips de culturista –el momento cinematográfico en que más nítidamente lo evoco es cuando Alfredo Mayo, con autocomplaciente morosidad, se aplica la crema bronceadora en LA CAZA-, siempre hecho un pincel con el sombrero con plumita ocultando la calva rematada en rizo jerezano, el alfiler de corbata, los ternos impecables, los abrigos entallados y las mil pulseras y sortijas y relojazos –costumbre ésta del enjoyamiento que adquirió durante sus años tangerinos-), con él me sumergí en el goticismo de los Briones (cuando leí ELOISA ESTA DEBAJO DE UN ALMENDRO me pareció no teatro del absurdo sino una crónica verité de lo que pasaba en casa –años después, al volverse aún más paroxística la situación doméstica, me ocurriría lo mismo con el desasosegante gran guiñol ¿QUE FUE DE BABY JANE?-), en ese entrevero ying/yang medio satánico medio arcangélico que constituye la médula de todo señorito (César González Ruano, otro nuevo pobre, lo ha plasmado con sumo tino en sus artículos más subjetivos –quizás lo que más agradezco de mi fugaz paso por ABC en los mediados 80 sea el haberme descubierto aquella maravillosa antología, 300 PROSAS, editada por Prensa Española y que lustro a lustro reviso con deleitosa fruición-), en las obsesiones trasmundanas que me marcarían para siempre a muy temprana edad bajo la indeleble marca de Poe (el erotismo inmarchitable que rezuman las monjas, las vampiras, las inalcanzables, las etéreas, las imposibles, las prohibidas, ese apetitoso “OH, VEN, VEN TU” ululado por Bécquer –en contraste total con la rutina quasi fabril de los tediosos y anecdóticos despatarres millerianos-), en ese fino filo de Gillette que separa/une excentricidad y locura, de su mano o en aquel enorme SEAT 1400 A me fui iniciando en mis paisajes favoritos de la capital (El Viso, los bulevares del barrio de Salamanca, el paseo de Rosales, la Castellana entre Ríos Rosas y Cibeles o la zona entre Martínez Campos y Almagro -donde por un tiempo ha vivido el amigo Charlie Mysterio y donde residí también yo, salvo ocasionales paréntesis, entre los cuatro y los trece años-);
en cuanto a mi tío, vasco de orígenes rústicos con muchos rasgos tanto en su actuar como en su decir de Karlos Arguiñano, trompetista de profesión en salas de variedades y teatros de revista, que había hecho la guerra con Líster blandiendo el metal musical mejor que el percutor y que pasó por los campos de confinamiento del sur de Francia (mi abuelo, en cambio, tras permanecer oculto en los tiempos de dominio rojo, luego fue enchufado por Carlos Arias en su etapa malagueña de retaliator, pero resultó tan desastre en todo lo que se le encomendaba –siempre dedicado a la persecución de orteguianas corzas, su máxima prioridad lúdica con el ajedrez y la fotografía- que aquellas recomendaciones no le sirvieron de mucho hasta su descubrimiento, ya viudo y sin ataduras –sus hijas, por entonces, no vivían con él-, de Tánger, en la época dorada de este cielo protector, donde la fortuna sonreía a los audaces, a los anómalos, a los bon vivants), me llevaba (siempre en transporte público –los tranvías temblequeantes, los mágicos trolebuses, los autobuses de dos pisos, o el antiguo Metro con asiento para caballeros mutilados, privilegio franquista que, ironías del destino, la corrección política ha recuperado con sus corralitos para impedidos- o en el pedestre coche de mi santo patrón) por Reina Victoria hacia el taller de molduras que dirigía su tío Valentín en la calle de los Vascos (donde estuvo un tiempo pluriempleado), o a los caballitos de la Moncloa (un tiovivo que estaba instalado donde ahora se alza el Ministerio del Aire), o a su ronda de chiquitos por las callejas cercanas a la Puerta del Sol (zona que desde hace un tiempo he vuelto a recorrer con Dildo, desde que éste anida aledaño con la Plaza Mayor), o a la Dehesa de la Villa a tomar una Coca Cola con patatas fritas (con mi abuelo las patatas se remojaban con Orange Crush en la Rosaleda o en alguna terraza de Recoletos).
El Carrere más elegante y el más canalla, el que describe tanto ends of the saga caballeresca como no menos terminal calderilla, a través de los delirios de mi abuelo por intentar conservar una posición que ya nunca mantendría salvo en la precariedad de la apariencia, y a través de las experiencias de mi tío con tantos personajes del género ínfimo (aquel amigo suyo, Carlos, anarquista de derechas como tantos bohemios españoles –fiel lector de ARRIBA, periódico que, tras el chiquiteo, mi tío acababa llevándose a casa, pues al desaparecer MADRID y tratando de paliar su hueco con la amarillista metadona de PUEBLO, no encontraba un diario a su gusto, y le daba igual uno que otro, hasta que, en los 80, por presiones de mi tía y por ver qué diantres publicaba yo, acabó comprando el ABC; diario éste preferido de mi abuelo tras su vuelta de Tánger, junto con los vespertinos EL ALCAZAR, en su etapa opusina de los 60, y más tarde INFORMACIONES-, que había publicado novelas en su juventud, autoeditadas y sin compradores, y que murió medio loco en una leonera del Madrid viejo, en pleno síndrome de Diógenes y angustiado con su paulatino olvido de las palabras –en su último año de vida, y muy impresionado por mis colaboraciones en ABC, el amigo Carlos me telefoneaba hasta un par de veces al día, como si yo fuese la señorita de la hora pero en versión Espasa, para que le refrescase su cada vez más mermado vocabulario-, me lo vuelvo a topar, imponente en su miseria a caballo entre Sawa y Valle, al leer EL REINO DE LA CALDERILLA), personajes que algo después redescubriría, como entrañables estereotipos, en las antiheroicas encarnaduras de un José Luis Ozores, un Tony Leblanc o ¡el mejor de todos! un Tip.
Y mi abuelo, en sus regresos estivales a la todavía virginal Costa del Sol, retomó de manera oblicua el contacto con el Carrere de sus verdes años al tratar con cierta asiduidad a quien adaptó al cine LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS, el no menos hedonista y semidesclasado Edgar Neville. Hoy en Marbella hay dos calles hermanando a mi abuelo y a Neville, la de JOAQUIN CHINCHILLA (dedicada a un ancestro homónimo pero, celoso de honores que no le pertenecían salvo por la coartada de la herencia, bajo cuya placa gustaba de retratarse) y la, más reciente, de EDGAR NEVILLE.





Tal vez mi trato en los primeros 80 con ese Sawa velvetiano que fue Eduardo Haro Ibars me conmovió tanto por lo que me recreaba en su pasión existencial de aquellos ecos a lo Carrere que me habían mostrado a comienzos de los 60 desde sus prismas antípodas mi abuelo y mi tío. En Eduardo, todo en uno, el señorito displicente y el vindicador prometeico, el dandy y el amigo de la gallofa, se unían.
Años más tarde (estos últimos años), otro personaje, el ya mentado Charlie Mysterio (luminosa cara de una moneda de la cual EHI sería tenebrosa cruz), continúa chamuscándome la mirada con su desmesura carreriana, en este caso, épicamente valleinclanesca, optimista hasta el final pese a las mataduras, como el simpar Sindulfo del Arco, el viajero infatigable de karma wellesiano (eterno funámbulo entre la realidad cicatera y sus prodigiosos sueños), surfeando por la vida inasequible a las derrotas, trasunto sunshine del aristócrata Bradomín.



Hay algo también de Carrere que se me hace muy mío: su tarea de bricoleur literario, que yo he practicado con asiduidad al reubicar textos, al crear novelas a partir de cuentos, al insertar poesías y canciones dentro de secuencias de narrativa, al adaptar al papel lo que antes fue material para la radio (o viceversa), al hacer nuevas versiones de libros primerizos (manteniendo el fondo pero actualizando los personajes y las situaciones), práctica que puede detectarse, creo, en toda mi bibliografía.
Y, precisamente, acabaré esta suite con un poema inspirado en el Max Estrella de LUCES DE BOHEMIA (aunque con la muy querida sombra de Manuel Machado detrás) y publicado (creo que también radiodifundido) previamente por alguna parte:

El poeta se muere entre brumas de esquina
reposando el coraje sobre un frío adoquín
con la mirada inerme, la carne de gallina
y la voz hecha trizas delirando en latín.

El poeta es tan viejo como el siglo de oro
y tan sucio y tan loco y tan lleno de fe
y agoniza confiando voluntades a un loro
que ahí enfrente repite «cuándo, cómo y por qué».

El poeta acaricia las paredes musgosas
y confunde su tacto con el de una cocotte
y las besa y las lame y las cubre de rosas
de su boca que sangra y las llama «Margot».

El poeta no quiso nunca ser funcionario
y obsequiar con su musa a un gobierno venal:
prefirió seguir libre, apostando a diario
por el duro que, a veces, no llega ni a un real.

El poeta se cruza con el sol que amanece:
una luz se despide, la saluda otra luz.
Y el loro confidente, recitando, se crece
y su dueña se acerca y le da un altramuz.



domingo, 1 de marzo de 2009

LAS CANCIONES DE MI VIDA (23)


(continuación de la serie iniciada en EL PUNTO Z)

EL NADADOR

intérpretes originales: RADIO FUTURA
letra y música: Santiago Auserón


Sentí un calor interior
no sé si perdí la razón
me fui desnudo tras el resplandor
de otra ciudad.

Oye el rumor
es como el mar.

En la piscina de un hotel
con aire escéptico
tomar un poco de alcohol
sube la marea.

Como un buen nadador
aprovecha la ola.

El mar es inmenso
así que todo esta en calma
quizás mi alma es un frasco vacío
pero mi cuerpo es un río.




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