lunes, 15 de diciembre de 2008

RABIA




Comentando en la tertulia de los viernes mi reciente repaso a varios títulos de Stephen King, el amigo Dildo me mostró un volumen que hasta el momento no había catado (pese a habérselo oído glosar en no pocas ocasiones -ya desde la época de MB-).

A él, mayormente fan de Ballard y de Burroughs en materia de realidades alteradas, Stephen King le parece comida basura para preadolescentes, con excepción de un par de obras firmadas como Richard Bachman: CARRETERA MALDITA (que descubrió a través mío) y la que ahora me descubría él a mí.

Entiendo que RABIA le impactase. Hay algo muy solondziano, con un fuerte punto de STORYTELLING (esa deconstrucción que hace Solondz en su incorrecto film de las lamentaciones farisaicas excretadas por Michael Moore en su BOWLING FOR COLUMBINE) así como de otros trabajos de este cineasta con inadaptados adolescentes en primer plano (WELCOME TO THE DOLLHOUSE sería el paradigma). A ambos el asunto Columbine nos atrae y controlamos bastante su huella en el cine (aparte las ya mentadas de Solondz y Moore, estaría el ELEPHANT de Gus Van Sant, que Luigi me pasó hará cosa de un año). Por cierto, una posible definición de RABIA: como un cruce entre ELEPHANT y EL CLUB DE LOS CINCO.

Le encontré también relación con otros dos libros de SK no menos notables: EL CUERPO (en cuanto estudio en profundidad del angst teenager) y MISERY (por el asunto del secuestro como experiencia iluminadora). También le comenté a Luigi ("es verdad, no se me había ocurrido") si RABIA no habría servido de manual emocional para futuros masacradores de colegio (no soy el único -según he explorado- en pensar así). Un manual superado por las circunstancias: el secuestrador del libro, en parte también heredero del rebelde de IF..., tal vez sólo desea alzarse contra los adultos hipócritas y sus condiscípulos más cipayescos y, escarbando en esos catárticos momentos, hacer que aflore la cara oculta de otros compañeros menos motivados para la catástrofe esclarecedora que él. La diferencia con Columbine, supongo, estriba en que aquí ya la pareja de masacradores (más cerca para entonces al nihilismo de Wienerdoggie pero con la agresividad que da la testosterona y sin el punto masoca de la pobre Dawn) considera estéril cualquier experiencia de secuestro/psicodrama y van directamente al encuentro personal/colectivo con la muerte. Mishima, antes de su sacrificio, habló a los cadetes y éstos se burlaron (¿SK tuvo en cuenta esta situación para su novela? ¿estaba al tanto del traumático final del escritor japonés?: si miramos de cerca lo ocurrido aquella mañana tokiota de 1970 y las horas raptadas por Charlie Decker en su colegio, hallamos una vertiginosa asociación).

Los chicos de Columbine lo sabían en su día de furia. No words, no prisoners.


1 comentario:

David dijo...

Quizás pronunciarse antes de, o durante, una acción así, sea buscar un algo de empatía. O un epatar con palabras, que suele ser lo mismo. Un contrasentido, teniendo en cuenta el desengaño que antecede a la renuncia de todo futuro en compañía de "el otro".