Desde la LINEA DE SOMBRA surgen iluminaciones que trascienden el tópico.
Desde la LINEA DE SOMBRA surgen iluminaciones que trascienden el tópico.
En estos tiempos de exhibición pornográfica de la buena conciencia y autocanonización de los abyectos, cuanto más profundizo en Richard Nixon, más mías hago sus oscuridades, sus presuntas patologías, que siento como reacciones viscerales (¿en legítima defensa?) ante la inagotable capacidad que tienen los seres humanos de decepcionar. Y, como confirmando esta capacidad en sus torvos destinos de shakespeariana factura, la demoledora ironía de marrar más en la confianza que en la paranoia...
"El hombre vive de representaciones figurativas, de fantasías reales. Sin ellas resulta muy difícil imaginar el mañana, sin ellas el tiempo se vuelve impersonal. Al arte se le ha otorgado una maravillosa cualidad: la capacidad de resucitar el pasado y recrear el futuro." (ALEXANDR DEINEKA)
La diferencia entre el Realismo Romántico de Ayn Rand y el Realismo Socialista, tan similares en forma y concepto, es que el último se desarrolla al servicio de unos principios de gestión existentes (los marcados por la terminal estaliniana) y el primero, en función de unos principios de gestión posibles (los imaginados por la terminal randiana). Es precisamente este vínculo con los principios de gestión como Absoluto (en contraste con los principios existencialistas de abstracción, con su implícita fobia a la gestión, de las llamadas vanguardias -sin olvidar que la abstracción fue usada como arte estatal por los USA como contestación al realismo socialista en los años más duros de la Guerra Fría y su debut en España, por ejemplo, se hizo en la embajada del amigo americano casi a la vez que se firmaban los primeros acuerdos militares y económicos-, bien asumidos desde una sincera inquietud religiosa en un mundo sin Dios -un ejemplo sería la relación del visionario Cirlot, visceralmente extemporáneo con todo lo que supusiese actividad sociopolítica, con la plástica y música informalistas, o nombres como el músico Messiaen o el pintor Mathieu-, bien desde el cinismo deconstructor en un mundo sin ideales -con mayor o menor deshonestidad, ahí un Picasso o un Duchamp o el satánico Breton-), lo que lleva a una cultura dominada por el Deep State sistematizador de las vanguardias (por otra parte, cada vez más esclerosado y sinónimo de lo terminalmente occidental) a subestimar como pulp, como manifestaciones subculturales dirigidas a masas ajenas a los placeres de la inteligentsia, a ambos Realismos.
¿Redundancia?:
mejor
el silencio
(que atruena).
"Digo CRASH y aparezco en la foto." (la mayoría de las civilizaciones, esas que no existen para las generalizaciones occidentales tipo "Comunidad Internacional" pero que, cada día que pasa, dejan más estruendosamente claro lo muy cuestionable de su presunta "no existencia")
Perreando dilemas:
el pie en el vacío
o un parque temático de palabras
con finales abiertos...
Dado que en mi niñez nunca fui solo al colegio (siempre en el bus escolar o acompañado de un adulto) hasta los trece años no tuve ocasión de vivir realmente esta experiencia. Ocasiones, dos y las dos regresando del colegio y en el mismo sitio, donde estaba la salida de Metro de Ríos Rosas junto al depósito de agua del Canal y frente al parque de bomberos. La primera fui abordado sobre la una de la tarde por un borderline de edad indefinida (¿tardoadolescente? ¿veinteañero?) a caballo entre Meat Loaf y Oriol Junqueras, a quien pude dar esquinazo (advertido de sus escasas luces) accediendo a su propuesta de consumación de sus intenciones al anochecer en la Casa de Campo (así, sin más concreciones: se quedó satisfecho y yo llegué a casa a salvo para almorzar). La segunda fue más chunga: en el mismo lugar, ya anochecido (serían las nueve más o menos), se me acercó un sujeto que reconocí (de no ser su gemelo doppelganger, cosa que dudo) de un grupo por entonces muy popular que hacía versiones pop de canciones de las que Patino había recopilado "para después de una guerra" y, pretendiendo enredarme con el despliegue de una baraja de fotos guarrillas, intentó lo que el otro lelo pero en plan más tortuoso y esta vez me zafé aduciendo que tenía prisa y apoyándome en la mirada reprobadora de una pareja de ancianos que se dieron cuenta de lo que estaba pasando (o tratando de pasar) y que le bajaron los ardores a nuestro rumbero paidorro.
Pero en mis años prepúberes el cine me deparó dos nombres cuyos caramelos nunca me atrajeron (más bien me daban grima por su excesiva viscosidad) y cuyas vidas más allá de la cámara confirmarían mi aversión: hablo de Chaplin y Disney. Hoy en que, a través de la apoteosis de la buena conciencia, de la corrección política, del buen rollito cada vez más didácticamente totalitario, de la dictadura oenegera, la demagogia charlotiana o las tareas institutrices de Mary Poppins (hoy heredadas por súcubos entre lo cursi y lo mansoniano como Irene Montero) se unen en esa bulimia de Disney acaparando (como no lo logró ni su epígono Spielberg) todo lo audiovisualmente infantil y juvenil y en el culto al "pequeño vagabundo" (frente a la mucho más honesta educación en la realidad que nos deparaban el kafkiano Pamplinas o los sabiamente nihilistas de Groucho y sus hermanos), veo cómo lo que ayer fue un recuerdo baboso (tan bien ejemplificado muchas décadas después en las comisuras goteantes de ZP, a cuyo lado los chorreones salivares del dragón de Komodo son fuente de salud) hoy es anticrística antiutopía. Occidente es un parque temático que deja enano el carisma ominoso del que aparecía en PINOCHO (el primer espejo en que mis traumas niños se reflejaron y que he considerado siempre como una película de horror y estéticamente horrorosa también). La nueva Biblia es la transhumana eyaculación de los Wachoskos y quienes antes acechaban en las puertas de los colegios hoy están dentro y dirigen la cosa educativa. Afortunadamente, esta secuencia terminal ya se ha sufrido otras veces y eso es lo bueno que tiene lo terminal, que está destinado al ACABOSE.
Abramos el armario para que el malvado mono salga en busca de neuronas que devorar y luego defecar.
La vida como gabardina que desplegar ante los demás en una agresión constante con la que ¿alejar? nuestra mediocridad y el tedio que tal mediocridad nos produce.
No hace falta saber pintar el delirio en hd para ser Dalí (o saber pensar en la pintura hasta el último silogismo como su antihomólogo Magritte). No hace falta saber jugar venenosamente con las palabras para ser Bergamín (o convertir la fiebre en palabras como su antihomólogo Céline). No hace falta saber estar en la cruz para ser santa (esto es, Simone Weil). Todos alcanzaremos la excelencia degradándola a través del chantaje moral y del odio a tal excelencia. El esforzado trance no tiene sentido si se nos vende el atajo del autoengaño que pretende rasar jerarquías. Aunque ello suponga la muerte del arte, de la escritura, de la santidad... La mediocridad como única norma del simulacro.
La Felicidad como aspiración última implica pretender lo máximo con el mínimo esfuerzo, esto es, dar la espalda a la REALIDAD desde el disfuncional trampolín de los derechos/caprichos.
Buscar como horizonte último (esto es, primero en sustancia) y nunca final (porque, si no, no sería horizonte) la EXCELENCIA supone, por el contrario, la voluntad de superarse atendiendo a la REALIDAD, atención únicamente posible desde el ejercicio constante de la responsabilidad y el deber.
"¿Cazador o presa?: cuestión de propaganda."
(autocita de úlrima hora)
Sólo come lobos
(y la abuelita
en la cestita
hecha pedazos).