"El hombre encuentra trozos por doquier y se mueve entre ellos, como entre las paredes oscilantes y precarias de una habitación mágica de la que solo percibe unos aspectos que no son, en modo alguno, el «modelo» perfecto de lo real." (JUAN EDUARDO CIRLOT)
Soñé que Cirlot, en su obsesión por lo matérico, se unía a los cazatesoros y se postraba junto a Mike Wolfe ante un coche especialmente oxidado. De banda sonora, obviamente, lo más nihilista y cochambroso (en forma y aún más en el fondo) que dio la movida.
CODA PROSOEPOPEYICA CON INFULAS JUNGIANAS
Las imágenes astrosas que coaccionaban la mirada perenne en lo alucinado del cantor de Bronwyn y las rutas rastreras en busca de tesoros de herrumbre que recorre la furgoneta de lovecraftiano nombre (ANTIQUE ARQUEOLOGY) se trasfunden en mi confuso duermevelatorio, entre goce y pesadilla de liviana gravidez. Hasta el pis que otras veces actúa como nítido interruptor, aquí, por capricho caducamente prostático, se mantiene en suspenso, sinestesizándose en una cancioncilla que en su versión original de soterrado terciopelo nunca me dijo mucho y que, ahora, en su adaptación más POCHa, sólo me golpea en sueños para enanizarse de nuevo en la vigilia.
Soy centrista extremado, nunca moderado. El centro virtuoso (virilmente plural, que diría Unamuno) como vórtice que imanta voluntades, nunca el orto abúlico sumidero de abyecciones. El perfil, cuanto menos bajo, mejor.
Tras semanas escuchando a Tom Waits era previsible algo así...
Apenas cerré los ojos lo vi. Al santo bebedor Barney Gamble: a las puertas del tabernáculo mOesiánico, ejercitaba su pleistocénica quijada mascullando lamentos por no hallar la puerta franca a la cotidiana comunión. Su ajada sotana, llena de fecales lamparones dolcinistas, se iba empapando bajo el calabobos de aguanieve.
Al fin, la puerta se abrió. Pero aún así, el dispensador de comuniones, ataviado con blanquinegro hábito dominicánido, le impedía acremente el acceso hasta no consumar su interrogatorio, con algo del peaje intelectual de la esfinge mitológica pero también del fastidioso fisgoneo de algún comisariado macarthista. Barney, desencajada la quijada babeante, persistía en salirse por la tangente con su blues holoturio (o sea, echando las tripas) sin responder ni una sola vez a las preguntas que se interponían entre su maltrecha y empapada persona y el sagrado ágape. El espumoso y áureo pipí de Cristo en la muniquesa jarra de litro y medio y el frasco en que flotaban escrotales huevos en vinagre (que hacían pensar en un pasado remoto, infinitamente anterior al comienzo de los tiempos) eran la meta (¿o la trampa?) que decidiría el duelo entre tabernero y parroquiano.
Barney comenzó a temblar, con un amago de delirium tremens, cuando los huevos acéticos adquirieron expresión (como en un videoclip del alevín de chef Buddy Oliver): le vino a la mente el icono de la revista MAD pero no, era otra cosa más esotérica, más inquietante, era, ¿qué era?
"Teta capuccino di negra mulatta, guarda come suona questa serenatta": por el hilo musical del Jeffersonian se repetía machaconamente esta melodía (cuya percusión recordaba a aquella que acompasaba los cimbreos de María Vargas en el campamento gitano de la Riviera) cuando el nuevo becario se presentó ante la doctora Camille Saroyan. El nuevo becario era talludito y con un punto a lo Rossano Brazzi (o sea, de expresión melancólica y aladares argénteos, cabezón -eso sí, un cabezón escultural, como de busto romano- y paticorto). Aristócrata venido a menos, tras vender sus posesiones en la Toscana, decidió rentabilizar sus estudios obsesivos sobre las facetas más vivisectoras del gran Leonardo y reconvertirlos en remunerativa rutina forense. La doctora Saroyan, con su habitual gesto a caballo entre la resignación y el pasmo, le preguntó su nombre y le ofreció una bandeja de piltrafas para que mostrase su habilidad analítica.
-Mi nombre es Cattaneo Torlonio D'Agrigento y eso son gallinejas de las que comió Bécquer por la zona de Embajadores. ¿Tal vez humanas? no digo que no...
La doctora Saroyan, en su enésima crisis de pareja con el iraní tristón, quedó prendada de Torlonio y, justo cuando iban a pasar a mayores sobre la mesa de disección, la tiranía de mi vejiga me impidió continuar el sueño...Cachis en la mar salada!!!!
Un mundo de gentes agazapadas, encorvadas, espatarradas, desplazándose como cangrejos o luchadores de pressing catch ¿listos tal vez para el próximo simulacro nuclear?
"Le he pedido al arcoiris que me dé un color limpio como el de tus ojos claros como el sol...": el carotenuso por antonomasia del pop español ponía la banda sonora a aquel momento desde la radio del utilitario con parrilla regia, alevín de Rolls.
La queruba y el bouledogue mantenían en el asiento trasero un reñido torneo de lametones. La queruba, azuzada por las cosquillas que le provocaba la lengua del perrito, se deshacía en carcajadas: su melenita flamígera, su cutis moteado, sus ojos de lemur y los paletones de su risa brillaban al sol boreal, nunca claro si orto u ocaso....
Yo era el chófer y por el retrovisor contemplaba la escena a caballo entre la nostalgia y la envidia de los falsos recuerdos. Esperábamos a la madre, rubia larguirucha a lo Julie Andrieu, que debía traer la cesta para el picnic.
Al borde del acantilado, el cielo y el mar se ayuntaban en frenesí cromático. Los Fórmula V dejaron paso a Los Puntos con aquella balada primeriza que siempre me ha hecho llorar.
En los sueños no hay confines ni confinamientos. Todo lo imposible es perogrullesco y los silencios timoratos se disuelven como medusas resecándose en la arena...
Bienaventurada la vida que se vive como sendero de lo íntimo. Malaventurado su presunto ¿reflejo?, la vida como vaina (vaina alienígena, alienada, alienante).