Esta canícula he descubierto un a modo de Ramón Gómez de la Serna pero asaeteado por el Angel de Bernini:
lo lúdico (esa palabra tan envilecida por el cinismo postmoderno) vuelto mística y/o todo lo contrario.
"Es difícil no toparse alguna vez con el éxito. Si no llega por el camino real, viene por el atajo. Si caminamos muy despacio, él nos esperará sentándose en una piedra. Bien puede suceder que nosotros corramos tanto que le pasemos, y, entonces, como no nos podemos parar, él no nos puede alcanzar." (GABRIEL MIRO)
"Como mantequilla": cierto personaje sartriano definía así, entre gozosos e ilusionados pálpitos prostáticos anhelantes de belleza brekeriana, la entrada del ejército alemán por los Campos Elíseos (cada pálpito acompasado al paso de la oca del hitleriano enema que iba saturando el esfínter parisién).
Es muy distinta la reacción del ruso medio ante la llegada de esos mismos ejércitos a su tierra no muchos años después. Tal vez la muy diferente percepción de rusos y franceses (éstos, decadentes, libertinos, civilizados, tan postmodernos en sus dejaciones y fantasías -en su constante desprecio de lo real- asumiendo al invasor como lúbrico enema; los infrahombres eslavos, en cambio, bárbaros, primitivos, apegados a la preocupación y a la tragedia como rutina existencial -esto es, a la felicidad como acontecimiento, como milagro, que es como mejor se degusta la felicidad-, tremendamente realistas en cuanto a lo que esperar del enemigo a sus puertas, conceptuándolo de modo mucho más atinado como medievo rectal) explique la derrota express (más que derrota, despatarre) del Imperio de las Luces frente al terrible pulso que la URSS ganó en Stalingrado a costa de su propio esfuerzo y su propia sangre, sin ayuda de otros.
Entre la ironía histórica y la mala conciencia (digno oasis de mala conciencia) hoy se mantienen, inasequibles a los farisaicos embates de la corrección política, una plaza y una estación de Metro parisinas con el nombre de STALINGRADO. No es mucho, desde luego, pero menos sería que este nombre desapareciese. Lo mismo algún espíritu transeúnte, al deambular por esos andenes y fijarse en su denominación, se acerca un poco a pensar en consonancia con la presente entrada. Y esa mera reflexión tal vez ya sea algo cara a los años por venir.
"Pero qué público más tonto tengo: panilla fina me ha caído a mí..." (autocita)
Cómo les gusta a algunas gentes resucitar a sus combos favoritos en vez de darse cuenta de que, cuando éstos desaparecieron, dejaron un cadáver relativamente aceptable y que su eventual ¿vuelta a la vida? no es sino una penosa galvanización en base a bajos (muy bajos) instintos de venalidad y egos (en la acepción más chulesca e insalubre de esta palabra). Los grupos desaparecen por unas razones, SIEMPRE DE PESO, razones tejidas de desavenencias, de traiciones, de decepciones irreversibles y la mera hipótesis de una reentreé sólo será un mero ejercicio de cinismo, que debería de causar grima y espanto al auténtico seguidor, a quien sabe que esa canción sólo tiene sentido escuchada en su contexto original o, en todo caso, recuperada por esos artistas en ulteriores avatares de su singladura (nuevas formaciones, unas más sólidas lealtades y una mayor comprensión de lo que desean hacer, comulgando en la MUSICA y no en la mera expectativa económica o en la grimosa -por anacrónica- afirmación egotista), sin voluntad de cover, con la frescura del primer día.
La Mujer Inquieta no se pretende, se sabe tal (esa certeza la lleva a la discreción, incluso a mostrarse esquiva: todo lo contrario a la procacidad de las impostoras).
A veces (o mejor, con frecuencia), la Mujer Inquieta lleva gafas. Desde las que mira mejor dentro de sí y también, saltando esa alteridad filistea que tanto la abruma y desagrada (ese asfixiante smog social saturado de futilidad), a la Naturaleza (esto es, a cualquier paisaje -sea una mayestática avenida berlinesa sea un bosque boreal sea una playa neozelandesa con promesas de Antártida- gozosamente desprovisto de gente -que no de personas, de ocasionales transeúntes-).
La carne de la Mujer Inquieta suele pasar desapercibida y, cuando no es así, lo es siempre desde el malentendido: sólo algunas miradas Otras podemos apreciar su brillo trasmundano.
La Mujer Inquieta está hecha de entelequias (entelequias conscientes de su anómala condición). En cuanto a las inquietorras... abundan en el Facebook.
"Pienso que fue, sin duda, un gran hombre, pero la grandeza y la bondad no se dan necesariamente unidas en la vida privada ni en la pública" (cierto historiador inglés sobre cierto padrecito georgiano)
"Me gustas cuando callas..." (Pablo Neruda)
Los prefiero callados.
Distantes en su enormidad. Pero, por eso mismo, más cercanos que otra cosa, salvo la Muerte y la Realidad.
Sin artificios, catastróficamente naturales: como un tsunami, como la erupción de un volcán, como la caída de un meteorito, como el último minuto de la Humanidad.
De una magnitud tal en sus construcciones y destrucciones, que (como todo lo dicho hace un momento) no quepan en ningún tribunal como materia de juicio. Porque ellos son, en sí, el Día del Juicio. Y no se puede juzgar al Día del Juicio.
Primarios en su mistérica complejidad: antimateria de la picaresca, de la prestidigitación, de los culebrones, de los teleconcursos y de Ophra.
Sobre todo, de Ophra.
Que desde su despotismo definitivo sepan extraer lo mejor de mi voluntad de vasallaje.
Hoy seres así resultan inconcebibles. Tanto que han acabado por dejar su huella mítica en las acciones de la naturaleza y así, cada nuevo seísmo, vómito de lava o maremoto, recupera (como en el principio de los tiempos) su rostro afable, socarrón, terrible en la incógnita de todo su Poder. Para algunos, asqueados de tanto titirimundi, sólo una catástrofe natural podría atraer nuestro voto.
Lo peor del régimen de Pol Pot no era lo que estaba ocurriendo en el interior sino la campaña de imagen que se desplegó cara a Occidente. Ahí ha de encontrarse el verdadero y más atroz sentido de la frase del líder de los Jemeres Rojos "SOLO HAGO LO QUE ME ENSEÑARON EN PARIS".
Lo peor de quien exige más claridad sobre el 11M es que, por contra, suele aceptar sin problemas la historia oficial sobre el 11S (y viceversa).
Lo peor de la gente implicada en actos de violencia política es cuando pasan del mamporreo a la poltrona y al uso de oficina de prensa y criminalizan toda pesquisa y/o reproche sobre su pasado (esto vale, por supuesto, a destra y a sinistra, para terrorismos insurgentes y terrorismos de estado).
Lo peor de la tolerancia es que se basa en el choque de sesgos y facciones, cuando las preguntas hechas a una parte (nunca a todas las partes) se plantean más como estridente arma para el mantenimiento de la confusión que como discreto instrumento para esclarecer la verdad. La sociedad occidental, postmoderna y tolerante, no es sino un obsceno y global debate basura.
Lo peor de Occidente es la noción de confort espiritual, de buena conciencia: frente a ello, la visión oriental de Dios como catástrofe natural, como fatalidad demiúrgica, como poder trascendente y espejo testigo de nuestra pequeñez (sea el dios acuñado por las tradiciones religiosas y/o erotanáticas -Islam, India- o el construido por las tradiciones pedagógicas y revolucionarias -China, Vietnam, Corea del Norte- o el aceptado por la tradición existencial que tiene como eje el decoro y su constante tensión con las ¿libertades? impuestas por el ocupante -Japón, Corea del Sur, Thailandia-) es infinitamente más honesta. Sólo asumiendo esa actitud (cosa imposible para un occidental salvo que siguiese los pasos quasi cátaros de una Simone Weil o se acercase a la galaxia ortodoxa de raíz bizantina y eslava -el equivalente cristiano del Islam-) o la exactamente contraria, el egoteísmo predicado por Ayn Rand (que muy pocos han procurado practicar en profundidad más allá de la jactancia epidérmica), Occidente podría alcanzar la redención y recuperar la condición de entidad real.
La historia de la especie humana es la de un envilecimiento: el envilecimiento del combate y, con ello, la progresiva pérdida del sentido de la realidad al alejarse cada vez más del original torneo cuerpo a cuerpo para adentrarse en los informatizados juegos de guerra en los cuales, cuanto más se virtualiza la acción, más indiscriminado resulta el objetivo a combatir y más se pretende difuminar la responsabilidad. Jünger ha escrito muchas y muy diversas páginas sobre esto: de hecho, su obra toda podría sintetizarse en una reflexión última en su profundidad en torno a este envilecimiento.
Lo peor para quienes, de vuelta de todas las propagandas y espejismos de facción, podemos albergar en nuestro corazón, sin escamoteos ni coartadas de ninguna clase, idéntica y siempre intempestiva atención ante una activista torturada por la policía como ante la madre de un bebé reventado en atentado a una casa cuartel es la certeza de que nunca veremos a ninguno de nuestros mandatarios dirigirse al público con la definitiva sinceridad de este señor: