viernes, 1 de mayo de 2015

BOLAN

Desde hace unos meses es difícil acceder a mi blog EL PUNTO Z desde determinadas zonas geográficas (incluida aquella en la que resido) por lo que he decidido recuperar aquí algunas de las entradas que considero más destacables.


(en su memoria rescato este fragmento de un artículo 
publicado en DISCOBARSA en febrero del 2000)

 

Blanco y negro. Mucho grano. Pelambrera rizada derramándose de un sombrero loco, loco, loco tal que el de «Alice in Wonderland» (Alice Constance Westmacott, mejor en esta ocasión que Alice Lydell, si nos atenemos al parecido de aquella con el sujeto que nos ocupa -dar un repasillo a la galería de trofeos prepubescentes del amigo Dogson-). Un rostro chupado apenas entrevisto. Palidez en contraste con unos labios finos y muy rojos (muy negros). El ojo derecho cala la penumbra de las greñas y del ala del sombrero y se clava en mi pasmo de quince años cumplidos. Tras del busto divinamente andrógino, se sospecha algo así como un bosque (inglés, por supuesto -que es mucho más bosque-). Y más dentro, la pupila ya deja paso al tímpano para degustar cortes y cortes de confitura de naranja dulce y agria: la dulzura de aquella voz que tanto me animó (¡yo podía cantar así sin esforzarme demasiado!), la dulzura de aquellos textos surreales y perversamente polimorfos (como escritos por el gato de Cheshire o por la oruga emporrada: «Telegram Sam», «Main man», «Metal Guru», «Mystic Lady», «The ballrooms of Mars»...), la dulzura de los rasgueos de la acústica en las baladas, la dulzura de los coros glamourosos; pero también el agraz de los guitarrazos rock'n'rolleros del propio Bolan y de la tralla percusiva de Mickey Finn, el agraz de los gritos machos en los instantes más duros. Si Alaska, de pequeñita, quería ser Ziggy Stardust, yo, a partir de aquella mañana del 72 en el Rastro y durante mucho tiempo (hoy todavía, ¿por qué no? -aunque ya sea imposible y hasta un poco esperpéntico el confesarlo cuando mis años actuales superan los que tenía al morir el chico de la foto-), suspiré (desde el deseo y la envidia) por Marc Bolan.


 

 

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