sábado, 1 de mayo de 2010

ELI


Eli está enferma. Su enfermedad convirtió la muerte en aporía, rescatándola de la consunción irreversible y haciendo del Tiempo algo tan ajeno a la anécdota como pueden serlo los colores para un ciego de nacimiento (quien, por supuesto, ve colores pero desde la inmanencia, imposibles de ser compartidos con los presuntos videntes –ciegos para todo aquello que los árboles ocultan-).

La baticámara de Inma, zahorí de visiones prodigiosas que ella misma no acaba en ocasiones de controlar con su vara de avellano reencarnada en añeja Minolta, detectó a Eli en la casa abandonada y su aura anómala envolvió la placita en otro tiempo rutilante y primaveral, ahora yerma y gris.

Eli gusta de emborracharse con algo espeso y oscuro que parece vino y que tal vez no lo sea. Cuando se embriaga, rosetas de rubor cubren sus mejillas y su palidez (siempre ensuciada por el contacto con la realidad –esa realidad tan lerda a la hora de encararse con alguien como Eli-) adquiere promesas de nácar.

Eli no tiene partes pudendas (o, por mejor decir, toda ella es una parte pudenda –parafraseando aquel slogan publicitario-). Entre las piernas guarda un bouquet de lilas secas a la espera (como las ñoras, los tomates italianos o esas setas que venden los chinos) del sustancioso caldo de empatía que las rehidrate.

Eli me obsesiona desde que me saltó al cuello desde la pantalla una tarde tonta, hará cosa de un año. En su irreal persona hay mucho de luna hiena, de animal nictálope, de futuro salvaje enterrador de lo humano, de deja vu de tantas otras obsesiones mías, como un híbrido moebiano de Ligeia y la Nastassia Kinsky de EL BESO DE LA PANTERA.




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