lunes, 23 de noviembre de 2009

RECORDANDO A CLARISA




Clarisa (bragas de Esparta y unas gotas de lavanda) se enamoró de su presa. La persiguió por mil pagos, durante años y lustros, adiestrada para ello por arcángeles de guardia. Lo Bueno y lo Abominable, siempre tan claro al principio, a medida que la caza se iba volviendo aporía, devino zarzal oscuro donde Clarisa dejaba su certeza hecha jirones. Era más interesante la monstruosidad esquiva que la virtud por decreto descreída de sí misma a fuerza de hacerse trampas (es lo que trae la rutina de la Ley: ya lo vio Kafka). Hoy Clarisa y su demonio comparten lecho y mantel: ella le arrancó la espina de su duro corazón y él la educa y alimenta con su mucha erudición y ese toque culinario al que nadie resistió.

Y, contra toda moral, sus años pasan felices aunque nunca comerán, precisamente, perdices sino algo más transgresor («vamos, únase a nosotros: si le apetece, señor, queda más en la tartera –el secreto está en la salsa...-»).