lunes, 9 de noviembre de 2009

MI QUERIDA CUCARACHA


[escrito esta tarde en plena avalancha de sensaciones y recuerdos provocados tras el visionado –por primera vez íntegro- de LA PRIMA ANGELICA]

La mirada fija de anhelo y de impotencia. La boca sin expresión, como a punto de decir algo que nunca llega a decirse. El mundo que te rodea como escaparate de un espacio donde se reserva el derecho de admisión, una reserva aplicable sólo a ti. Y tu rostro pegado al cristal. La condición de raro ante tus compañeros de clase porque lees demasiado y porque no haces deporte y porque hablas poco (y, cuando lo haces, un desastre, como si te expresases en otro idioma). Y la familia que, primero, casi te vuelve loco (la etapa en casa de los Briones que te regaló la poción mágica de la pasividad/agresividad como estrategia de supervivencia –de los cinco a los trece años, con intervalos, incluido en éstos el bienio en el internado de Carranque, donde, contra los deseos de tu tía Carmela, no te curtiste salvo en tu disociación del entorno y tu necesidad de escapes alucinatorios, de puntos de fuga-) y, después (incapaz ya de recuperar aquel bebé sonriente y sin malicia que criaron ancianas para entonces más que muertas), te lo echará en cara entre lo tácito de un gesto o una mirada y lo explícito de una frase («es el hijo de Gloria, ¿qué se puede esperar?») mascullada a tus espaldas o, en ocasiones de trifulca, espetada a la cara, así desde la pubertad hasta rozar la cuarentena (bajaban la presión cuando sacabas algo de dinero con la música o las colaboraciones en prensa y radio -«es lícito ser un anormal siempre que te forres con ello... Fíjate en Dalí»-). La Mujer, que te gusta, que te obsesiona, será el eje de tu vida en todos los órdenes desde aquellos enamoramientos en el parvulario y tu temprano descubrimiento de Ligeia y de la diosa Palas Atenea. Pero esa Mujer, cuando se apea de la mayúscula categórica y se encarna en encuentro puntual, solamente puede mirarte con la crispada cortesía con que se mira a alguien que no se sabe a ciencia cierta si es humano o cucaracha («¿qué fue lo que dije? ¿qué fue lo que hice? ¿o no hace falta que haga o diga nada? ¿es ese aura de coleóptero de que no soy consciente hasta el momento de verme reflejado en los ojos otros?»). Las pocas veces que no sentiste el acerado telón de esa mirada fue cuando alguna te consideraba un dócil instrumento para sus fines, o cuando alguna otra veía en ti a alguien con quien no te identificabas en absoluto (a partir, básicamente, de esa siempre engañosa condición de personaje público) o, por otro modo de malentenderte, se empeñaba en rehacerte-remodelarte para mayor comodidad suya tras haberse encaprichado previamente por tu puñetera fama de rara avis (lo de Dalí, que, ya sabes, sólo cuela si la locura genera dinero y el diálogo para besugos puede vivirse entre vino y rosas sin fecha de caducidad –en caso contrario, lo anómalo acaba por volverse un lastre y la pareja no tiene tiempo para tonterías-). Si no te has quitado de en medio todavía es porque te obligas a pensar que el destino no ha tirado la toalla y te reserva una mujer a tu medida, sin manipulaciones, sin malentendidos, sin veleidades reeducadoras, tan gozosamente anormal como tú y dispuesta a disfrutar como una enana de tal conjunción. Tu Honeybunny, vamos.

Dicho lo cualo, es lógico que José Luis López Vázquez te produzca conmoción (ese sustantivo ligado a dos verbos, conmover y conmocionar) y se haga tuyo sólo con unos títulos muy determinados, que consideras antípodas de su paradigma del español medio (salvo que la mayoría de los españoles sean, en el fondo, tan ornitorrincos como tú –aunque ninguno se atreva a admitirlo-): a la cabeza, MI QUERIDA SEÑORITA (donde sentiste, ya en aquel primer visionado a fines de los 70 –aunque tu educación sentimental era demasiado pobre para pararte a analizar-, que tu deseo ardiente por el sexo opuesto tenía más que ver con la procesión furtiva de la señorita Adela por su criada que con cualquier convención priapista al uso), PEPPERMINT FRAPPE, ¡VIVAN LOS NOVIOS! (esa sensación terrible de vivir siempre bajo tutela y no tener los medios ni el ánimo para cambiar las cosas), CARTA DE AMOR DE UN ASESINO, seguidas de EL JARDIN DE LAS DELICIAS (ahora también, de LA PRIMA ANGELICA –con el aliciente de ese subtexto solondziano que tanto valoraría Dildo-), EL BOSQUE DEL LOBO, NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTE SOLO (que, desde tu circunstancia, siempre te resultará más impactante que la presuntamente homóloga TAMAÑO NATURAL), UN CASTO VARON ESPAÑOL (y una vuelta de tuerca sobre lo mismo pero en peor, LA MIEL) y, en cuanto a las fábulas pura y duramente kafkianas, la verdad, prefieres EL ELEGIDO a LA CABINA (aunque reconoces que tu primer visionado adolescente con aquellos bocinazos del Carmina Burana te impresionó –pero cuando uno crece un poquito, como que Mercero no se sostiene ¿no?-). Su último momento mágico te lo dio, ya en este siglo, con el pase televisivo de esa rareza en el erial del reciente cine español, MEMORIAS DEL ANGEL CAIDO.

Ese López Vázquez tan tuyo (que se iría difuminando hacia el desván de la memoria a partir de los últimos 80 hasta que esta tarde todo ha vuelto a fluir de sopetón) lo reencontrarías también en el Angel Jové de CANICHE, en el Anthony Perkins de EL PROCESO (y, por supuesto, en la lectura profundamente anticlimática de las OOCC de Kafka), en el protagonista de EL EXTRAÑO de Lovecraft (y, en buena medida, en el propio abuelo Theobald según la biografía de Sprague de Camp), en el Adolfo Marsillach de AL SERVICIO DE LA MUJER ESPAÑOLA, en los protagonistas de canciones vainiqueñas como COPLAS DEL ICONOCLASTA ENAMORADO y ALAS DE ALGODON, en el J.F. Sebastian de BLADE RUNNER, en personajes interpretados por William H. Macy, en historias de Adrian Tomine, en el Stewie Griffin adulto (y, dentro de esa peripecia, también hay algo patéticamente lopezvazqueño en su hermano Ron –antes Meg-) y, claro, en toda la saga de wienerdoggies que adereza la palindrómica filmografía del ya mentado Todd Solondz.

Del resto de su filmografía, pues, ya en plan de pasar la tarde y sin pretensiones litúrgicas, destacarías las más cercanas al imaginario de la Escuela Bruguera, como EL PISITO, ATRACO A LAS TRES, PLACIDO, EL COCHECITO, LOS PALOMOS, UN VAMPIRO PARA DOS, 40 GRADOS A LA SOMBRA y, ya más recientes, la trilogía escopetil de Berlanga y dos de Masó que siempre ves cuando las reponen, EL DIVORCIO QUE VIENE y LA FAMILIA BIEN, GRACIAS.




No pensabas (como lo hiciste con Newman o con Swayze) en una necrológica para JLLV. Pero, de pronto, con esa mirada clavada en el fantasma reencontrado de su prima (mirada hoy tan llena de rescoldos farisaicamente punibles), has recordado que también él, tan glosado en su faceta jocosa por todos los pedorros de la freaksploitation que en su momento también eyacularon parusiásticamente cuando lo del Goya al tío Jess, ha sido parte tuya (eso sí, desde una circunstancia por completo ajena a la de los susodichos pedorros).

4 comentarios:

especies dijo...

Es bonito e inquietante este recuerdo.

el zurdo dijo...

Puritito nácar.

J.F Lara dijo...

La verdad que se ha ido uno de los grandes. ¿Que hay que hacer para escribir tan bien como tu?

el zurdo dijo...

Pues lo dicho del nácar (te remito a este hilo , donde me explayo sobre el particular, para que la cosa no quede en mero antichiste privado entre Bárbara y yo), o sea, los palos ayudan mucho. Claro que hay quien, por muchos palos que reciba, si no tiene un punto de vocación escritora, pues lo mismo reacciona de maneras más expeditivas (como este señor , por ejemplo).